He aquí un parte de un poema que, a su vez es parte del libro en el cual estoy trabajando actualmente y que está considerado para publicarse en 2012, en Ediciones de Medianoche (UAZ):
Suite del tiempo
I
De entre todos los vestidos posibles
elegí el del invierno:
la sonrisa escondida de los lobos
el gesto de la piedra sepultada en la nieve
la rabia inmemorial de los árboles arrojados al fuego.
Hice de la nostalgia mi raíz predilecta,
sin más luz que el recuerdo de veranos pasados
con sus discretos dedos amarillos me aniquiló la tierra.
Yo sentí algo perdido,
un hueco en todo el cuerpo,
vasto y terrible,
y una tarde, cuando miraba el cielo
supe que esa carencia
eran todos los pájaros del mundo.
De mi boca sin plumas, desde entonces,
brotan estalactitas,
carámbanos de hielo poblaron la garganta,
la gruta que antes fuera
origen de palabras,
de primaveras viejas y mejores.
II
La prueba contundente de que existe algún dios
es el otoño.
Dejémonos de iglesias erigidas sobre trapos sagrados
y milagros que se visten de estatuas y de yeso
Es el otoño, sin lugar a dudas,
la más perfecta manifestación de Dios.
Acaso un par de cosas sean tan crueles
como el ardor fingido que desnuda la rama
sin el reposo real de la ceniza.
Es propio de los dioses el humor más negro
atesorar belleza y decadencia en la misma urna
si fuera cierta su piedad remarcada
no imperaría la caída libre y vergonzosa del tiempo
este ir y venir del aire hasta la tierra
sería gloriosa y rápida la muerte
abierto aún el lirio de los labios
sin cadenas de carne o de huesos
No impedirían las hojas una silente fuga
no habría fruta podrida en las canastas
no existiría esta muerte pausada color ocre.
III
No es de fiar este marzo de sol resucitado:
algo hay de mustio en toda primavera
algo falso en el campo, intermitente lápida dormida.
Un mal augurio en el rosal hiberna
en el suspiro dócil con que cede al rocío.
Esta alegría de pájaros y manos
susurra entre el centeno una verdad negada:
fue el hambre y no los labios
el verdadero inicio de la fruta.
Absoluta montaña en Sísifo y sus dedos
todas las primaveras son engaño:
mausoleo circular de inhumana blancura
como la cal vertida sobre los perros muertos
para ocultar el aullido de la noche.